La Ruptura de Pareja cuando hay Hijos

Publicado: octubre 17, 2010 en Cómo Superar una Ruptura
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El dolor de una ruptura amorosa se agrava cuando ha habido hijos en la relación, y lo que en principio es un “asunto de dos” se convierte en una situación más compleja y delicada, especialmente cuando los hijos están en la adolescencia o preadolescencia, etapas que requieren un especial cuidado y atención de los padres. ¿Qué hacer con los hijos? ¿Qué decirles? ¿Cómo comportarse delante de ellos? Éstas son preguntas que todos los padres se hacen antes y después de una ruptura, cuando la decisión trasciende el espacio íntimo de la pareja y afecta a los hijos tenidos en común. En este artículo daré algunos tips.

Cuando los niños son todavía pequeños:

-El dolor del padre o la madre al pensar en el futuro de sus hijos es una reacción natural y comprensible. Verlos con sus sonrisas, totalmente ajenos a lo que está pasando, rompe el corazón. Todos hemos oído expresiones como “aguanto como puedo por mis hijos”. Pero forzar una convivencia “por el bien de los niños” es un error. Si la convivencia es forzada y sin amor, tarde o pronto surgirán discusiones y conflictos que a la larga perjudicarán más que beneficiarán a esas criaturas que tanto nos esforzamos en proteger.

-El niño o la niña de corta edad aceptará con naturalidad la nueva situación si los padres le transmiten serenidad. Hay que hablar en su lenguaje, podemos incluso planteárselo como un juego: “mamá va a vivir en una casa y papá en otra, ya verás qué divertido es”. No nos confundamos en este punto, ni la separación tiene nada de divertido ni se trata de engañar al niño; pero sí de transmitirle seguridad y confianza, si ve malas caras y rostros anegados en lágrimas se dará cuenta de que algo malo está pasando y se asustará. Y eso es lo primero que hay que evitar: que interprete la situación como una amenaza que vulnera su felicidad y despreocupación infantil. Con el tiempo, a medida que su capacidad de comprensión aumente y siempre y cuando actuemos con tacto y naturalidad, el niño integrará el cambio en su experiencia vital y lo aceptará sin ningún trauma.

Niños preadolescentes o adolescentes:

-En estas fases del desarrollo humano el niño está afirmando su identidad y definiendo su personalidad. Es la transición del niño al adulto, con todas las consecuencias que el cambio conlleva: nuevos intereses, nuevas relaciones, inseguridad emocional, sentimientos controvertidos, rebeldía como mecanismo de autoafirmación, etcétera. Todos hemos pasado por esto y es algo totalmente natural.

-Como padres deberemos comprender que, si la ruptura con nuestra pareja coincide con la preadolescencia o adolescencia de nuestros hijos, para ellos el cambio es doble: al inherente a su propio desarrollo se sumará el de su contexto familiar. En consecuencia deberemos ser pacientes y comprensivos, dialogar con ellos y dar a la comunicación sincera un trato de prioridad. No se trata, en ningún caso, de justificar nuestras acciones (nuestra decisión) ante ellos, pero sí de hacerlos partícipes de un problema que les atañe. Puede que sus primeras reacciones sean de rechazo, incluso de rebeldía, pero si nos ven firmes y serenos a la vez, siempre abiertos al diálogo respetuoso, acabarán comprendiendo y aceptando el cambio.

Hijos mayores:

-Poco hay que decir sobre esto. Los hijos mayores, algunos muy jóvenes, otros no tanto (los tiempos han cambiado y muchas parejas deciden separarse a una edad madura), son ya adultos y se espera de ellos que actúen como tales respetando la libertad de decisión de sus semejantes, incluida la de sus progenitores. Pero como en el caso anterior, el diálogo, la comunicación y el respeto son los mejores instrumentos para superar la ruptura en un entorno familiar con garantías de éxito a largo plazo.

Lo que nunca se debe hacer:

-Discutir o perder los papeles delante de los hijos.

-Utilizarlos como arma arrojadiza o instrumento de chantaje emocional.

-Forzar una convivencia imposible “por el bien de los niños”.

-Rehuir el diálogo cuando tienen la edad suficiente para comprender.

José M. Guillén

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