Posts etiquetados ‘amor eterno’

Evitar una rupturaNos pasamos la vida intentando agradar a los demás. A nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestros amigos, a los compañeros del trabajo e incluso a las personas que no conocemos. Cuando elegimos una forma de vestir o de peinar, cuando intentamos mantenernos en buena forma física o retrasar el natural proceso del envejecimiento, buscamos sentirnos lo mejor posible con nosotros mismos pero también la aprobación de los demás, su tácita o expresa aquiescencia. El ser humano es así de paradójico, su egoísmo es la causa de las guerras, de los conflictos, del dolor infligido a los otros y de los desencuentros personales. Y sin embargo casi nadie es malvado por naturaleza o placer. Los seres humanos estamos, esencialmente, hambrientos y sedientos de amor, necesitamos desesperadamente recibir ese amor pero también nos sentimos incompletos (y vacíos) si no se nos da la oportunidad de expresarlo y darlo.

Esto es más evidente todavía en las relaciones sentimentales. Cuando nos enamoramos, o creemos enamorarnos (porque a veces nos engañamos), nuestro impulso inicial es el de darlo todo a nuestra pareja. No hay límites en nuestro propósito de entrega, y las promesas de amor eterno no son mentiras porque se gestan en los recovecos más profundos del corazón y son pronunciadas mirando fijamente a los ojos, sin eludir la mirada. Pero cuando el tiempo pasa la magia da paso poco a poco, de manera casi engañosa por lo imperceptible a nuestros sentidos, a una creciente rutina en la que se imponen la realidad y los retos o desafíos de la vida diaria. Lo de “contigo pan y cebolla” sólo funciona las primeras semanas, o con suerte los primeros meses. Hay que trabajar, hay que buscar el sustento y pagar la hipoteca o librarse de las deudas. Hay problemas que afrontar, surgen obstáculos, el ritmo impuesto por las exigencias de las sociedades modernas no ayuda y los pequeños seres humanos ávidos de amor y reconocimiento, necesitados de encontrarse a sí mismos en el otro, empiezan a sentirse desorientados y confusos, a menudos perdidos, ante una avalancha de compromisos (laborales, sociales, familiares…) que parecen superar sus capacidades.

En este contexto parece casi imposible permitirse el lujo de cultivar el amor, porque el amor requiere dedicación y constancia, la metáfora de la flor del jardín que debe ser regada y mimada a diario es vieja pero no deja de ser cierta. A mucha gente le parece normal que el amor y la pasión de esos primeros meses acaben diluyéndose en sentimientos más comedidos como el cariño o la simpatía. A no pocas parejas les sucede que al cabo de unos años ya casi les avergüenza hablar de amor. El amor entre personas maduras o ancianas parece un concepto casi ridículo que en el mejor de los casos provoca una sonrisa condescendiente pero nunca cómplice. La pasión se la dejamos a los adolescentes, el amor es cosa de los jóvenes. Las parejas maduras, y con mayor razón las ancianas, conviven o simplemente se toleran “porque ya son muchos años de estar juntos”. Teniendo en cuenta lo corta que es la vida humana, no deja de sorprender lo efímero que puede llegar a ser un sentimiento cuyo poder todo el mundo conviene en que trasciende (o debería trascender, si es puro y auténtico) el paso del tiempo.

¿Qué es lo que falla? ¿Qué es lo que malogra tantos noviazgos y matrimonios? ¿Qué es lo que provoca tantas rupturas de pareja? ¿Qué mata ese amor que se creyó, y juró, eterno? Puede haber muchas causas, evidentemente: infidelidad, malos tratos, decepción, desengaño… Pero una de las principales (y estoy convencido de que una de las causas más frecuentes de ruptura) es la que nombraba al principio: “nos pasamos la vida intentando agradar a los demás”.

Cuando nos enamoramos de una persona, lo primero que intentamos es agradarla. Y este esfuerzo por agradar a la persona amada y lograr su aceptación a menudo induce a dos grandes errores: primero, el de no mostrarnos como realmente somos sino como la persona que creemos que él o ella puede admirar y respetar; segundo, el de hacer concesiones a nuestra pareja que no corresponden exactamente a nuestra naturaleza. En ambos casos estamos, aunque sea de forma inconsciente, engañándola y engañándonos. Sólo seremos capaces de ofrecer esta imagen y de hacer las concesiones asociadas a ésta durante un tiempo limitado. Pasado este tiempo, y especialmente cuando se imponga la convivencia que desenmascarará unas poses imposibles de mantener las veinticuatro horas del día, acabaremos mostrándonos tal cual somos, sin el glamour del actor o la actriz.

Esforzarse en intentar agradar al otro cuando todavía no hemos superado la asignatura básica, que es la de querernos a nosotros mismos y aceptarnos como somos (por supuesto que hemos de intentar ser cada día mejores, pero siempre desde la aceptación), acaba conduciendo al fracaso de las relaciones personales. Si queremos que cualquier proyección de nosotros mismos en el entorno en que nos desenvolvemos sea una proyección positiva y con resultados felices, lo primero que debemos aprender es a trabajarnos con ese fin. Desafortunadamente, solemos irnos de un extremo al otro: o estamos tan pendientes de las necesidades (y, por qué no decirlo, caprichos) de nuestra pareja que acabamos renunciando a nuestra propia individualidad, o nos explayamos en nuestros propios egoísmos y caprichos olvidando las verdaderas necesidades del ser que creemos amar.

Las claves para evitar una ruptura a corto o largo plazo (y cuando hablo de ruptura hablo también de aquellas parejas que siguen juntas a pesar del cansancio y el desgaste del amor) son:

1. Muéstrate desde el principio como eres. No ocultes tus defectos y no caigas en la tentación de ofrecer una imagen idealizada de ti mismo a la persona que amas.

2. No renuncies a tus gustos, hobbies o pasiones por la persona amada. Si te ama de verdad, los aceptará.

3.  Por las mismas razones, acepta a tu pareja tal como es sin intentar manipularla o cambiarla para ajustarla a tu “imagen ideal”.

4. Acepta y respeta también sus gustos y pasiones aunque no coincidan con los tuyos, puedes sorprenderte haciéndolos un día tuyos.

5. Recuerda que todo funciona “de adentro afuera”. Lo que sea que esperes de tu pareja empieza a aplicártelo a ti mismo. Si quieres que sea comprensiva, primero sé comprensivo.

6. Si estás en crisis con tu pareja, deja de buscar soluciones externas: transfórmate a ti mismo para transformar la crisis en una oportunidad de cambio.

7. Si la ruptura es inevitable, deja de quejarte y de culpar a tu pareja o culparte. Identifica el error y transmútalo para no volver a cometerlo en tus futuras relaciones.

Aprende a ser tú mismo o tú misma. Acéptate primero para quitarte la máscara después. Nunca te arrepientas de haber amado y jamás renuncies a seguir amando.

José M. Guillén

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